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Llamado a la santidad y vocación específica.


By Administration - Posted on 21 May 2008

Llamado a la santidad y vocación específica (desde la perspectiva juvenil).

Reflexionar hoy sobre el llamado a la santidad y la vocación específica resulta interesante por dos motivos: hay que desmontar el tema vocacional de lo exclusivamente sacerdotal y religioso, los laicos también han sido llamados; los moldes tradicionales de pastoral vocacional y formativa deben renovarse para que respondan a las exigencias de los nuevos tiempos. Se espera de nosotros, hoy más que nunca, que ideemos senderos por donde transitar en la fe, para ser fieles al evangelio y al hombre de hoy, como lo pidió a la Iglesia Pablo VI . La urgencia más apremiante para los que estamos dedicados al trabajo vocacional, en los albores de este milenio, es la de formar para que las personas puedan vivir en la verdad.

1. Los jóvenes de hoy.
Sin desconocer las dos anteriores ponencias sobre los desafíos de la cultura actual y sobre los ambientes primarios de la opción vocacional, y teniendo en cuenta el presupuesto que acabo de plantear, los invito a dar un vistazo sobre algunas características de los jóvenes de hoy, para contextualizar nuestro discurso.
La juventud es la edad en la que se construye la identidad y se conquista la intimidad, es decir, los pilares de la fidelidad, sin la cual es imposible construir un proyecto de vocación y de santidad. Pues bien, tenemos que acercar nuestro oído al vientre de los jóvenes para sentir lo nuevo que se está gestando allí, dentro, en actitud de discernimiento porque se trata no solo de captar valores, esos que los jóvenes están encarnando con naturalidad, sino también de aceptarlos y de purificarlos.

1.1. Los Valores.
a) Ellos tienen un sentido agudo de la existencia y un interés, a veces apasionado, por lo ideológico (religioso, político, intelectual). En esta perspectiva, se dejan atrapar fácilmente por todo aquello que simplemente da sentido a su vida. Podría decir, desde mi experiencia, que allí se esconde un anhelo fuerte de fidelidad, valor que se conquista poco a poco, que madura con la fe, pero que tiene sus raíces en la confianza infantil. Los jóvenes comienzan por ser fieles a sus figuras de apego (amigos/as, mentores/as), pero la fuerza básica de la fidelidad reclama rápidamente referencias más macizas, que vayan sustituyendo gradualmente a los “viejos” padres. De ahí la inmensa responsabilidad que tenemos los que de alguna manera debemos mostrarles el camino.

b) Según Erikson, “muchos aspectos del desarrollo del yo pueden formularse en términos de crecimiento del sentido de identidad, siendo característica de las últimas etapas de la adolescencia y primeras de la adultez una crisis de identidad de mayor o menor severidad”. Sabemos que en la construcción de su identidad los jóvenes son como barro en manos del alfarero. Quienes hemos tenido la oportunidad de trabajar en la formación somos testigos de los milagros que allí se realizan, y que estos son posibles gracias a la ductilidad de los jóvenes en relación con la conquista de la identidad.

c) El deseo de afiliación es uno de los más característicos de esta etapa de la vida, se asume en un espectro de muchos matices. Todo joven busca afiliarse, es decir, ser incluido. Esta es la razón psicológica por la que la pastoral juvenil ha definido el grupo como el espacio privilegiado para su labor.

d) La intimidad aparece como la capacidad de comprometerse con afiliaciones concretas. Aquella crece cuando éstas requieren sacrificios y compromisos significativos. De esta manera, se fabrican las decisiones más importantes de la vida.

e) El amor es la fuerza que surge de resolver la confusión entre intimidad y aislamiento. Cuando los jóvenes se fusionan con los otros mediante la amistad, la sexualidad, el vínculo laboral o el pastoral, crece en ellos la capacidad de compromiso con el otro y con el grupo, aprenden el amor que significa mutualidad. Si el amor y el sexo o la castidad van acompañados, el joven adulto es capaz de un amor que se puede compartir con otra persona, o con un ideal.

Menciono estos valores porque, por una parte, fluyen y, por otra, son el entramado de un proyecto vocacional que se confunde con el anhelo de santidad. Se construye la identidad, a partir del factor esencial de la intimidad, se conquista la fidelidad para mantener lealtades a pesar de las inevitables contradicciones de los sistemas de valores, se logra el amor sobre todo con un ideal y con sentimientos asociados a la honestidad, la franqueza, en fin, como lo dijo el Concilio, los valores más apreciados entre los hombres: madurez humana, estabilidad de espíritu, capacidad de tomar decisiones, rectitud para juzgar sobre los acontecimientos y los hombres, dominio del propio carácter, reciedumbre de espíritu, sinceridad, preocupación por la justicia, fidelidad a la palabra dada y hasta buena educación.

1.2. Los condicionamientos de hoy.
Pero este potencial está estrechamente ligado con el drama de nuestro tiempo, que es triple: déficit de intimidad, pérdida de sentido, ausencia de opción fundamental.

Por lo demás, estamos viviendo lo que se ha llamado época de “desencanto”, caracterizada por:
· El nihilismo
· La subcultura del vacío
· La falta de arraigo vital
· La ausencia de la norma (anomos)
· La ausencia de futuro frente a la vida.

Estos condicionamientos crean lo que los sociólogos han llamado “sub-sistemas de frustración”, que menciono no como una crítica o un rechazo sino como una constatación. Tienen que ver con la realidad antropológica-cultural, y, más concretamente, con la pobreza económica, la pobreza externa-cultural, la violencia, la ausencia de oportunidades laborales y académicas, las necesidades afectivas.
Los podríamos sintetizar diciendo que en muchos aspectos nuestros jóvenes están sumergidos en un “ambiente empobrecedor” que a la larga los afecta en sus actitudes y en sus motivaciones. Los expertos están hablando de la “pobreza actitudinal” y de la “ausencia de sentido” de las nuevas generaciones, como los retos más grandes para la acción formativa. Expliquémoslos:

a) Nuestros jóvenes, que habiendo sido bautizados cuando niños llegan a nuestros colegios, nuestros grupos, nuestras parroquias, nuestros seminarios y casas de formación, como un potencial, no son ajenos a estos factores, y muchos son víctimas de la soledad disfuncional, que por cierto contrasta paradójicamente con la rápida expansión de los medios de comunicación social, que acortan distancias y “aíslan personas”. Nunca antes habíamos estado tan solos y tan acompañados. La rapidez de la información está haciendo que el hombre no tenga tiempo de asimilar, de profundizar, se está quedando en la superficie, en boca del profeta Isaías como “sediento buscando agua en cisternas rotas”. Ahora nos retan los jóvenes que conocen amigas y amigos a través del Internet y que gastan parte de su tiempo en los “chats”, pretendiendo escapar a esta soledad.

b) Muchos jóvenes son víctimas de la orfandad, “huérfanos de padres vivos”, en el sentido de que, recibiendo el arraigo vital de nuestros padres, su ausencia produce una “deprivación psico-afectiva”, que lanza a los jóvenes a vivir en la anti-norma, y de ahí a la anti-vida hay un solo paso. Conocemos jóvenes que han hallado el sentido de la muerte porque todavía no encuentran el sentido de la vida, y esto porque no han encontrado el sentido del deseo, que es básico en la estructura vital, como producto de no haber sido deseados al nacer. Lo más grave es que muchas veces los adultos no logramos identificar los síntomas de esta problemática, porque nos llega, no a través de las palabras sino del lenguaje no verbal, el de la vida, para cuya percepción confiamos poco.

Algunas de las consecuencias de este doble fenómeno son las siguientes:
1ra Impresión de no tener lugar en el mundo.

2da Búsqueda de sensaciones fuertes para llenar el vacío de sensación de vida.

3ra Visión de la sexualidad que no es eros, como fuerza de vida, reduciéndola a lo genital, con lo que se aumenta el vacío existencial: cada vez se vive más la sensación de “no engendrar vida”.

4ta Se asume el riesgo sin sentido (fuerte, artificial, prefabricado, sucedáneo del vacío de vida), pero se teme y se evade el riesgo de enfrentar la vida, la de todos los días… Entonces no aparece el amor adulto, que es siempre un camino largo, el camino de la donación.

5ta En este panorama no es extraña la negación de la realidad, por medio de las drogas o de cualquier sedante que permita evitar el dolor original que todos llevamos dentro. Esto alimenta el resentimiento, que se traduce en actitudes inconscientes de agresividad y de pasividad.

6ta Otros se pierden en el abismo de la disfuncionalidad, por medio del satanismo, la delincuencia, el sicariato. Se afirma la negación de la norma, la negación de la vida.

7ma Parejo aparece el miedo al crecimiento: el joven no quiere ser adulto, tiene pavor a la adultez y mucho más a la vejez, y se pregunta: ¿ser adulto para qué? El futuro es amenazante.

2. El contexto actual del mundo y de la Iglesia.
En tres constataciones dramáticas se pueden resumir los problemas que hoy afectan el proyecto vocacional de santidad de sacerdotes, consagrados y laicos.

1ra El drama del déficit de intimidad, entendido como la pérdida de relación con nosotros mismos, desde lo que somos y hacemos. No se trata solo del miedo a estar en contacto verdadero con aquello que en nosotros está más necesitado de ser trasformado, con esa realidad interior que nos cierra a la auténtica libertad, sino también con esa parte de nosotros que debemos desarrollar más por que allí residen nuestros dones y talentos, nuestras posibilidades. Déficit de intimidad es a la larga la ausencia de relación con Dios en actitud que nos trasforme, nos convierta definitivamente desde dentro, porque el problema nuestro es básicamente de conversión. Pero déficit de intimidad es también ausencia de relaciones humanas porque prima lo sensible (eros) sobre el amor (ágape), que es la fuerza que en últimas da sentido a la vida.

2da El drama de la pérdida de sentido, aquel que el hombre moderno, quizás como nunca antes en la historia, busca desesperadamente. Con los cambios de paradigmas, este sentido de la vida ha sido cuestionado: a todos nos corresponde crear el que conjugue la sensibilidad por el pasado con la del futuro, por la ortodoxia con la ortopraxis y particularmente por la verdad con el sentido de las cosas, que hoy valen no solo por lo que son sino por lo que significan.

3ra El drama de la ausencia de la opción fundamental es el corazón de lo que quería decir en esta tarde. El llamado a la santidad y la vocación específica, cualquiera que ésta sea, están íntimamente relacionados con este tema. En una época en la que los medios de comunicación social están a la caza de la farándula que se produce al interior de la Iglesia, nos aterra la pedofilia, la homosexualidad, el mercantilismo de la fe, la salida masiva de consagrados/as y sacerdotes, sobre todo jóvenes, la inconsistencia de la institución matrimonial, su desmoronamiento abrumador… Pero lo que en realidad debería confundirnos es que no tengamos una clave desde donde leer todos estos problemas. Lo más grave no es que estén ocurriendo estos fenómenos, sino que no podamos entenderlos y asumirlos desde una clave que nos ayude a esperar con serenidad el futuro. Pues bien, esta clave es la opción fundamental por Jesús y el Reino que todo bautizado debe hacer en algún momento de su vida. Ser cristiano no es otra cosa que entender la propia existencia desde esta opción y vivirla desde este único y fundamental punto de partida.

No soy amigo de satanizar el tiempo o anatematizar la historia, por el contrario, veo con esperanza festiva este momento privilegiado de gracia que nos ha tocado vivir: aquí y ahora tenemos entre las manos nuestro propio “kairós”; hoy más que nunca la tierra está preparada para la siembra y la buena noticia a punto de extenderse con más fuerza que nunca hasta los confines mismos del universo; este es un tiempo de epifanía de lo humano y es a través de este hecho como Dios nos habla y se hace acontecimiento entre nosotros.

Pero precisamente, por estas circunstancias, nosotros, los creyentes del milenio naciente, debemos recuperar el punto de partida y la opción fundamental de la fe: por Jesús, por el Reino y sus valores, recuperando la ciudadanía de las bienaventuranzas.

2.1. Debemos extendernos más allá de lo que pasa a los jóvenes para entender lo que nos pasa a nosotros.
Monseñor Héctor Salah, en su conferencia del congreso regional, preparatorio de este nacional, realizado en La Ceja, marcó el camino de esta reflexión cuando expuso la polaridad paradigmática a la que estamos enfrentados hoy los creyentes: por un lado camina el paradigma neo-pagano con sus urgencias de tener, placer y poder; por el otro, el siempre novedoso y liberador paradigma cristiano, marcado por la obediencia, la castidad y la pobreza. Esta polaridad paradigmática quisiera enmarcarla en lo que el mismo Monseñor Salah, siguiendo a la mayoría, ha llamado un “cambio de época”. Dada la premura de tiempo solo mencionaré algunas implicaciones antropológicas que están relacionadas con el tema de esta conferencia.

a) La modernidad ha estado marcada por la racionalidad a partir del presupuesto descartiano: “pienso luego existo”. Esto implica un rechazo al mundo de las creencias por no tener valor científico verificable, y al de la afectividad, que se ve con sospecha, como expresión de la debilidad humana.
Este paradigma racional llegó al corazón mismo de la reflexión teológico-espiritual, y tanto la santidad como la vocación fueron leídas en clave de saber nocional, reduciéndolas a la rigidez de la ortodoxia doctrinal. La Palabra de Dios, cuya primacía habían proclamado los reformadores, se llegó a considerar como un mensaje doctrinal, o como un cuerpo moral que definió lo santo y lo vocacional como cumplimiento de normas y una espiritualidad determinada fundamentalmente por lo ético.
Esto produjo una comprensión de la pastoral vocacional y de la formación misma fundamentada sobre la ortodoxia doctrinal (lo que importa es saber y saber rectamente), el moralismo (lo que importa es no hacer cosas malas) y el sacramentalismo (lo que importa es cumplir con rituales). Estos tres elementos han sido mencionados en algunos documentos de la Iglesia como graves problemas pastorales; algunos teólogos los culpan de haber generado la llamada crisis institucional eclesiástica. Otro efecto, en cadena, es el de reducir el tema de la vocación y hasta el de la santidad a lo ordenado o consagrado.

b) A mí parecer, siguiendo a biblistas, antropólogos y psicólogos cristianos de hoy, el reto fundamental que la posmodernidad nos plantea es la lectura de la persona y su comprensión no ya desde lo racional sino desde lo relacional. El presupuesto leviniano: “me relaciono luego soy persona”, está sustituyendo en la práctica al anterior. Hoy se da primacía a lo afectivo, lo sensible y lo experiencial y se relativizan, también peligrosamente, los principios racionales y éticos. Nuestro reto es encontrar el equilibrio de la totalidad sistémica de la persona humana para ubicarla en el evangelio y en su llamado universal a la santidad.
De esta manera, la mirada se dirige hoy a lo humano que hay en nosotros, entendiéndolo básicamente como capacidad relacional, capacidad de dar sentido a la existencia y capacidad de hacer opciones.
Estas tres capacidades son exclusivamente humanas, más aún, son las que determinan lo humano, todavía más, son procesos a través de los cuales lo humano se hace posible en nosotros. Ellas son, por lo tanto, el potencial que una persona posee para responder al proyecto que Dios tiene sobre ella, aún desde antes de que la vida misma ocurra.

A la luz de la encarnación del Verbo, hecho central de la historia salvífica, la pastoral vocacional y el proyecto de ser santos que la sustenta, implican que superemos el miedo que aun sentimos a ser plenamente humanos. Con el riesgo de ser simplista debo decir que una de las causas más determinantes de la crisis de las religiones institucionales y de sus vocaciones, sobre todo en el primer mundo, es que las espiritualidades occidentales han fallado en satisfacer las necesidades humanas esenciales de gran número de sus miembros. Las grandes religiones muchas veces construyen espiritualidades de espaldas a la historia y por tanto de espaldas al proceso de humanización en el que la humanidad está sumergida. Siendo honestos, nosotros, los católicos, no estamos exentos de este fenómeno prácticamente universalizado.

Fundamentada en la teología dualista de la edad media, nuestra espiritualidad (llamado a la santidad, vocación específica), ha promovido una vida espiritual altamente intelectual y represiva de lo humano. Matthew Fox, describe este tipo de espiritualidad como “represión, no expresión; culpa, no placer; cielo, no esta vida; sentimentalismo, no justicia; mortificación, no desarrollo de talentos. Estas son algunas de las características de una espiritualidad de la que aun beben muchos cristianos en la actualidad” .
Muchas veces, consciente o inconscientemente, rechazamos aquello que Jesús asumió plenamente, nuestra humanidad, y perdemos contacto con la verdadera fuente de nuestra vida espiritual: el amor humano que vive dentro de nosotros y que El asumió como la razón que le dio fuerza a su vida.
Es urgente que construyamos un proyecto de santidad y de respuesta vocacional que parta del hecho fundante de la fe: “el Hijo de Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros” , y de sus consecuencias.

c) Una de las enfermedades de los cristianos contemporáneos es el perfeccionismo, que por lo general produce un alejamiento de la realidad y de la historia, por lo ambiguas, por lo impuras. No pensaba así Santa Catalina de Siena: “porque es mi historia, soy su hija, y la he construido y la puedo plasmar de otra forma y con criterios diferentes, para poder amarla.”

Este dato ha producido un ideal de santidad definido por el anhelo de ser mejores, más que humanos. Muchos, inclusive, han abrazado la vocación específica del sacerdocio o la vida consagrada como la única manera de lograrla, mientras que los laicos desconocen su posibilidad. En algunos hermanos persiste la idea de que ser sacerdote o consagrada/o significa haber sido llamado a ser mejor que el resto de la humanidad. No es ésta una verdad escondida en mi propio sistema de creencias sobre la que construyo mi vida y mi espiritualidad?

El efecto me parece gravísimo: un cierto aire de superioridad ronda a los consagrados/as, a los sacerdotes y a un grupo significativo de laicos pastoralmente comprometidos, lo que nos convierte en una especie de “casta de salvados”. Cuando perdemos contacto con lo que es más débil, vulnerable y frágil de nosotros mismos, no porque no exista sino porque no debe existir, lo negamos, y hacemos que quienes llegan a llenar nuestros seminarios y casas de formación aprendan a negarlo también, para seguir siendo aptos en orden a una santidad “perfeccionista”.
Así respondemos vocacionalmente solo a medias y nuestro estilo de vida atraerá poco a los jóvenes sedientos de sentido, y saturados de ofertas fugaces.

3. El camino de la santidad y la vocación específica.
Me inspiro ahora en Juan Pablo II, el Papa de los jóvenes, que, en la madurez de su existencia y de su pontificado, ha estado utilizando tres felices expresiones: hablando a los obispos y en ellos a la Iglesia ha dicho que ésta debe ser “casa de comunión y santidad”, a los laicos y en ellos a la familia que ésta debe ser “escuela de seguimiento”, a los jóvenes y en ellos a toda vocación que ésta debe ser “laboratorio de fe”. Voy a referirme al trasfondo evangélico, sobre todo de las dos primeras, como lugares donde la fe puede ser investigada y vivida. Pero antes quisiera plantear éstas precisiones, relativas al tema general de esta ponencia:

1ra Una de las más afortunadas afirmaciones del Concilio Vaticano II, sobre la cual se fundamenta la igualdad de los hijos de Dios, es el llamado a la santidad. La Lumen Gentium, literalmente atravesada por esta novedad, dice: “Es completamente claro que todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, y que esta santidad suscita un nivel de vida más humano incluso en la sociedad terrena. En el logro de esta perfección empeñen los fieles las fuerzas recibidas según la medida de la donación de Cristo, a fin de que, siguiendo sus huellas y hechos conforme a su imagen, obedeciendo en todo a la voluntad el Padre, se entreguen con toda su alma a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Así, la santidad del pueblo de Dios producirá abundantes frutos, como brillantemente lo demuestra la historia de la Iglesia con la vida de tantos santos”.
El punto de partida de este llamado común a la santidad, derecho y deber de todo hijo de la Iglesia, es el don fundamental del Espíritu Santo que se recibe en el bautismo. Su presencia en todo bautizado es un llamado a ser santo, por eso la santidad es una vocación, en el sentido de esta categoría bíblica que es la que mejor define la identidad cristiana.
La santidad es, pues, una vocación, patrimonio de todo creyente. De ahí que se constituya en el hilo conductor insustituible de todo proyecto de fe, cualquiera sea su camino.

2da La vocación a la santidad como experiencia humana se construye sobre la base de la reciprocidad de las conciencias, y de las relaciones interpersonales fieles y seguras. Se trata de la santidad de vida y de la madurez cristiana:

a) Como santidad de vida se lleva a término en la tensión entre el “ya” y el “todavía no” del hombre y de la fe, en un proceso continuo de conversión y de maduración, que el apóstol Pablo explica así: “No quiero decir con esto que haya alcanzado ya la perfección, sino que corro tras ella con la pretensión de darle alcance, por cuanto yo mismo fui alcanzado por Cristo Jesús” .

b) Como madurez cristiana se lleva a término en la dinámica de dar fruto: Dios nos quiere probadamente adultos. El mismo Pablo habla de esta madurez de la fe como un llamado “al conocimiento completo del Hijo de Dios, y a constituir el estado del hombre perfecto a la medida de la edad de la plenitud de Cristo, para que ya no seamos niños vacilantes” . Este llamado y estos frutos, no nos engañemos, jamás se percibe y se logran alejados del seguimiento de Cristo crucificado.

Insisto en esto último porque la vocación a la santidad hay que vivirla en medio de la explosiva ebullición de las experiencias religiosas de hoy, comenzando por purificarla de los confusos cruces que allí se están dando. El común denominador parece ser una auto-realización egoísta, causa de enfermedades psico-somáticas y de una verdadera miseria espiritual. Esta especie de dogma no está ausente de una buena parte de la psicología moderna que lo ha endiosado, junto con el de la auto-perfección, como clave de psico-terapia y de pedagogía; tampoco está ausente del marxismo que pretende una sociedad perfecta (santa) a base de la lucha de clases; o de un cierto calvinismo que se anida en las clases dominantes, incluso religiosas, que tienden a considerarse como las elegidas, las perfectas, las llamadas a destruir el eje del mal sobre un presupuesto de perfeccionismo o de superiorismo tan perverso y tan fundamentalista como el que pretenden acabar.

El mundo de hoy y su sistema educativo se están asfixiando con el aire, que tantas veces se convierte en huracán, del éxito socio-económico, el progreso técnico-científico, el bienestar, y es claro que la búsqueda de sí mismo está en contravía con lo que es un llamado, lo que quiere decir diálogo, relación interpersonal, a la santidad, lo que quiere decir identificación con un Dios que se comunica y se da gratuitamente.

3ra En los mensajes de las últimas jornadas mundiales de oración por las vocaciones, el Santo Padre ha explicado la relación entre vocación y vocaciones, con dos sugestivas comparaciones: en el 2002 habló de los que “eligen pertenecer completamente a Dios”, y en este 2003, de los “llamados por el Señor para seguirlo más de cerca”.

En realidad, el umbral entre llamado a la santidad y vocación específica lo recorre el Espíritu Santo, al que la primitiva comunidad cristiana muy pronto percibió como el que especifica el llamado con la diversidad de dones, carismas, funciones y ministerios, evitando las vocaciones genéricas en la Iglesia. Hay que tener en cuenta que esta especificidad vocacional está lejos de la anarquía porque es el mismo y único Espíritu el que la origina y el que la orienta hacia la comunión por medio del servicio: “Hay diversidad de ministerios pero uno solo es el Señor” .

Esta especificidad vocacional implica:
- La toma de conciencia de la primacía de Dios en la propia existencia,
- La acogida del seguimiento de Cristo como lo propiamente significativo de la experiencia humana,
- Una realización existencial dentro de la comunidad,
- La voluntad de dedicarse al servicio,
- La elección de un estado de vida,
- El cumplimiento de una misión con total consagración,
- Una condición de separado para ser testigo, a veces contra-corriente, de una relación especial entre Dios y su pueblo.

De esta manera, la vocación a la santidad que deberá ser siempre el común denominador del seguimiento, se precisa en una triple dimensión: con relación a Cristo como signo, con relación a la Iglesia como carisma y ministerio, con relación al mundo como misión y testimonio del Reino, hasta lograr la más genuina expresión de la vocación cristiana: “Confesar que Jesús es Señor” .

El encuentro entre el contexto socio-cultural del joven, del mundo y de la Iglesia de hoy, y éstos alcances de la vocación común a la santidad, en la vida laical, consagrada o sacerdotal, se da en los caminos sugeridos por el Papa, de los que destaco por su sabor bíblico lo siguiente:

3.1. El tema de “casa de comunión y de santidad” obedece a una categoría bíblica muy penetrante.
Dios tiene un sueño: “hacer casa”. Esto significa construir santidad. Los textos son muchos, pero hay uno muy significativo: Jn 14, 23. Allí dice Jesús: “Si uno me ama observará mi palabra y el Padre mío lo amará y vendremos a él y haremos morada en él”.

El mismo Juan introduce en el prólogo, de la encarnación del verbo, este sueño de Dios: “vino a habitar… puso su tienda… plantó su casa…” Dios rescata la dignidad de la historia, convirtiéndola en casa de la humanidad y de la creación: ésa es su VOCACIÓN, y en ese sentido la nuestra. También, en su primer encuentro con los discípulos (cap. 2: Encuentro con el Maestro), Jesús plantea el llamamiento en la dinámica de la casa: “vengan y vean”. Y el texto afirma que: “estuvieron toda la tarde con Él” y, a lo largo de toda su vida se mantiene la misma dinámica con gestos de “casa”: multiplicación de panes, modo de sentarse en medio de la gente y de hablar con los seguidores, comidas con ellos…

Hay en este tejido pedagógico una insistencia en el camino de la familiaridad para acercarse al misterio de la santidad de Dios y de la vocación: de contacto con la propia vida, con la cotidianidad, con la propia historia.

La circularidad de los evangelios es signo de “casa”, de alguien que se pone alrededor de alguno o de alguna cosa: el alimento, la comunidad, los discípulos, un enfermo… Juan 14 lo confirma: “si alguno observa mi palabra… vendremos a él y tomaremos morada en él”. En Lc. 7, cuando entra a casa el fariseo mantiene un tono oficial, cuando entra la mujer los gestos son familiares: se acerca, llora, besa los pies, besa a Jesús…

Entrar en esta dinámica es mantener la mente abierta para que todo lo que es cotidiano pueda entrar en la esfera pública y de todo lo que es público se haga sacramento en “nuestras casas,” algo que nos sugiere la presencia de Dios. En este momento histórico no podemos aburrirnos de la historia porque está llena de violencia y no va como lo pensamos. No solo debemos reconciliarnos con la historia, debemos amarla profundamente. Debemos decir: “¡Cómo eres bella, amiga mía!” Ayudarnos a reconocer que esta humanidad – aparte de sus heridas - tiene una belleza y es la única humanidad de Dios. En algún sentido este Dios que amamos y celebramos lo debemos buscar ahí, en la humanidad presente. Lo debemos encontrar, nosotros, entre los jóvenes con sus búsquedas y sus contradicciones, sus nuevos valores y sus carencias para responder al sueño de santidad del Dios que puso su morada entre nosotros.

El punto de partida es la cotidianidad, es un punto precioso; yo los invito a reconciliarse profundamente con el cotidiano como único templo donde Él toma morada, habita con todo lo que significan esos verbos: ser familiar (a veces ¡muy familiar!). Por esto nos parece difícil descubrirlo.

3.2. “La escuela del discipulado” se describe en todas las páginas del evangelio de San Lucas, sobre todo en el capítulo 14, 25-33.
Ante todo hay que advertir que, encuadradas dentro del relato del viaje de Jesús a Jerusalén, estas enseñanzas no se dirigen al círculo reducido de los apóstoles del Señor, ni siquiera al de los discípulos. Por el contrario, Él no va solo sino acompañado de una “gran multitud”, dice el versículo 25. Este marco da a la instrucción de Jesús una posibilidad y un alcance: se trata de acentuar que éstas son condiciones para convertirse en verdaderos discípulos suyos, para ser fermento en la masa; pero no se trata de una exigencia planteada a unos pocos, los escogidos, los consagrados, los religiosos, sino de enseñanzas y condiciones de las cuales no se puede escapar ningún creyente, porque se aplica a todos los seguidores de Jesús.

El episodio precedente de este evangelio se cerraba abriendo nuevas perspectivas, ensanchando la invitación de Jesús a los que viven en las plazas y las calles, a los que trotan por carreteras y caminos. Diríamos que no a los que viven en la seguridad de los conventos y aseguran su experiencia de fe en la estructura de los votos y en la paz de la vida contemplativa, sino a los que tejen su espiritualidad en el trajín diario de la misión. Allí se habla de que todos han sido llamados a participar en el banquete del Reino para que “se le llene la casa”, según la expresión del versículo 23.

Queda entonces claro que esta instrucción se dirige precisamente a establecer una serie de condiciones para que todos los invitados, absolutamente todos, sean auténticamente discípulos, verdaderos ciudadanos del Reino de Dios.

Dentro del contexto global del relato del viaje de Jesús a Jerusalén, este episodio, con sus continuas referencias a seguir a Jesús, a acompañarlo en el camino, a ir detrás de Él, a planificar en detalle y con precaución cualquier empresa, a guardar las distancias y a aprovecharlas, se debe entender teniendo en cuenta la visión que presenta todo el Evangelio de Lucas acerca de lo que debe ser el auténtico discípulo del Señor. Recordemos que esta visión lucana insiste en cuatro actitudes:

1ra Seguimiento de Jesús, que consiste en marcarle el paso, acompañarlo en su viaje a Jerusalén, donde va a cumplirse su destino de muerte; incluye no solo las enseñanzas del Maestro sino también una identificación personal con su estilo de vida y su estilo de muerte.

2da Testimonio, que consiste en el arte que ha de tener todo discípulo de convertir el testimonio en la manera de cumplir una misión.

3ra Oración, comunicación con Dios como clima en el que se desarrolla la vida cristiana.

4ta Uso adecuado de los bienes temporales, moderación del discípulo para usar las riquezas y para abrirse a los pobres, los primeros ciudadanos del Reino.

La seriedad de un compromiso que requiere tales condiciones se ilustra con dos parábolas paralelas, que apuntan al discernimiento inteligente, sin precipitación de ninguna clase: a una previa deliberación sobre los costos y los riesgos de un compromiso de tanta envergadura. No se puede asumir a la ligera una tal responsabilidad, sino que hay que ponderar con calma las posibles consecuencias. La recomendación esencial de Jesús es que antes de tomar una decisión comprometida, se ponderen con calma y con serenidad las implicaciones de la decisión, aún más, que siempre se maneje inteligentemente. En otras palabras, no hay que fijarse solo en las condiciones requeridas, sino que hay que prever también las consecuencias, los condicionamientos. La posibilidad de hacer el ridículo, o de verse en la tesitura de tener que rendirse sin condiciones, debe prevenir cualquier clase de decisión apresurada o irreflexiva. Hoy podemos ver claramente en esta comparación una referencia al objetivo, al diagnóstico, a las estrategias de un plan, yo diría, al proyecto personal de vida. El seguimiento de Jesús implica un compromiso tan concreto y tan actual.

La recomendación del Señor es clara: el que quiera ser su discípulo debe calcular seriamente sus fuerzas y sus capacidades, es decir, lo que tiene. Pero resulta que en el versículo 33, la última exigencia de este episodio, se pide una renuncia total a todo lo que se posee. Hay, pues, un contraste evidente, pero éste es intencionado: lo que uno tiene, como capacidad para el compromiso, es infinitamente más importante, que lo que uno tiene como posesión material, de lo que debe desprenderse. Lo que uno tiene, como capacidad, queda indeterminado, puede ser más o puede ser menos; pero lo que uno tiene, como posesión, debe ser objeto de una renuncia total, simplemente debe dejarse todo, para seguirlo a Él.

4. Conclusión
En el fondo del corazón de cada uno de nosotros se anida el deseo de ser santos; éste, por así decirlo, es el hilo más profundo de nuestra identidad. Es urgentísimo recuperar esta posibilidad. Hay que perder el miedo a hablar de santidad y, sobre todo, a plantearla, a los jóvenes de hoy, todos ellos, a los que permanecen en los colegios y las universidades, en las fábricas y en los campos, y a los que ingresan a nuestras diócesis y a nuestras comunidades.

Hablémosles de cuatro modelos de identificación, es decir, de cuatro caminos concretos por donde puedan palpar la santidad y hacerla vida. Me refiero a los siguientes :

a) El mártir. Se trata del creyente que asume como modelo a “Jesús que da la vida por aquellos a quienes ama” (Jn 15,13). Desde Esteban, el primero, hasta los que hoy, llevados por la locura de la cruz, han dado su vida, el martirio sigue siendo un camino, ya se trate del joven o del anciano como Policarpo que dijo a sus verdugos: “he servido a Cristo durante ochenta y seis años, ¿cómo podría renegar ahora de mi Rey y mi Salvador?”.

Hay que reconocer que estos mártires de la fe son relativamente escasos y que esta posibilidad hoy no es tan evidente. Pero existe lo que hoy se ha llamado el martirio de la caridad, es decir, el de la entrega cotidiana por amor, en el matrimonio que con frecuencia se convierte en una cruz, o en una diócesis cruzada por la violencia o en una comunidad donde va muriendo el futuro a causa de la falta de vocaciones. Con razón decía un anciano misionero que “con frecuencia es más duro vivir para Cristo que morir por Él”.

b) El asceta. Este modelo, que nació al final de las persecuciones de los primeros siglos, se inspira en el “atleta” de Cristo, que a base de entrenamiento y disciplina busca la corona en la carrera de la vida: “He combatido el buen combate, he terminado mi carrera, he guardado la fe. Por lo demás, ya me está preparada la corona de la justicia” (2Tim 4,7).

Hay que tener en cuenta que la finalidad de este camino no consiste solo en renunciar sino en construirse, es decir, en llegar a ser una nueva persona en Cristo que ama. Por lo demás, generalmente se identifica con la castidad a la que hoy hay que volver a gritar como un valor, por medio de la fidelidad conyugal o de la vivencia gozosa y fecunda de unos votos.

En la lista de quienes “han tomado cada día la cruz” (Lc 8,23), con sencillez y alegría, hay un número interminable de atractivos hermanos, como Francisco de Asís, Vicente de Paúl, Teresa de Calcuta, Federico Ozanam, que se caracterizaron por dos cosas: la sencillez evangélica y el amor a los pobre.

c) El contemplativo. Hoy se está recuperando lo que sucedía en los primeros tiempos de la Iglesia, la peregrinación de hombres y mujeres hacia el desierto para orar como Jesús lo había hecho. Y conste que no se trata de una posibilidad reservada a los monjes, sino abierta a personas de carne y hueso, que caminan por las calles de nuestras ciudades y se cansan como cualquiera de nosotros con el trabajo que el mundo de hoy nos está imponiendo. Se necesita simplemente agudizar el oído para escuchar la Palabra de Dios y el clamor de una humanidad que sufre con dolores de parto.

d) El servidor. En este modelo la lista de testigos es aún más interminable, sobre todo porque se trata de innumerables laicos que no han sido llevados al honor de los altares y que seguramente muchos de nosotros conocemos.

La ventaja de este camino es que puede vivirse en las circunstancias más diversas: obreros, sacerdotes, esposos, enfermeras, maestros, abogados, médicos, soldados, peluqueras, secretarias… que construyen sus vidas sobre la base evangélica del servicio, a veces con la simplicidad de “dar un vaso de agua fresca” (Mt 10,42) al que tiene sed. Aunque en este cuarto caso se corre el riesgo del activismo, por abarcar demasiadas cosas, o por no dejarse orientar del que se hace santo con la contemplación, es innegable que se trata de una posibilidad al alcance de todos.

Que nos quede claro que sólo un proyecto de vida de estas dimensiones puede aglutinar los valores de la juventud, puede purificar y transformar las amenazas del mundo de hoy, puede llevar la barca de la Iglesia y del mundo hacia las aguas tranquilas de la verdad que no defrauda.

Autor: P. Guillermo Campuzano V, C.M.

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